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miércoles, 15 de junio de 2022

ASTROLOGÍA ANTIGUA O ASTROLOGÍA ESPIRITUAL: Nociones generales acerca del Zodíaco.

 


En la astrología moderna clásica, basada en datos astronómicos exactos, se llama zodíaco a una porción de la esfera celeste que tiene una anchura aproximada de 17 grados y que se extiende a uno y otro lado de la eclíptica en una distancia de 8°30´. En apariencia, los planetas se mueven siempre en el interior de esta zona.

La eclíptica es el camino que parece recorrer el Sol en su revolución anual alrededor de la Tierra.

Si el lector desea más amplios detalles sobre esta cuestión, puede informarse consultando una obra que estudie seriamente la astrología científica. Las nociones de cosmografía pueden serle útiles, pero no son indispensables para el estudio del sistema presentado en la obra de François Labat.

En la práctica, puede simplificarse el zodíaco representando la esfera celeste en forma de una circunferencia dividida en doce partes iguales de 30 grados cada una. Se aplica a estas partes o divisiones la denominación de signos (signos zodiacales).

Tomando como punto de partida el equinoccio de primavera (21 de marzo), los signos zodiacales son:

Aries o Carnero, del 21 de marzo al 19 de abril, ambos inclusive.

Tauro o Toro, del 20 de abril al 19 de mayo, ambos inclusive.

Géminis o Gemelos, del 20 de mayo al 20 de junio, ambos inclusive

Cáncer o Cangrejo, del 21 de junio al 21 de julio, ambos inclusive.

Leo o León, del 22 de julio al 22 de agosto, ambos inclusive.

Virgo o Virgen, del 23 de agosto al 22 de septiembre, ambos inclusive.

Libra o Balanza, del 23 de septiembre al 22 de octubre, ambos inclusive.

Scorpio o Escorpión, del 23 de octubre al 21 de noviembre, ambos inclusive.

Sagitario, del 22 de noviembre al 21 de diciembre, ambos inclusive.

Capricornio, del 22 de diciembre al 20 de enero, ambos inclusive.

Acuario, del 21 de enero al 19 de febrero inclusive.

Piscis o Peces, del 20 de febrero al 20 de marzo inclusive.

La astrología utiliza símbolos o signos especiales para representar los planetas, los signos zodiacales y los aspectos.


Cada signo zodiacal se divide en 3 decanos de 10 grados cada uno. Debe contarse como sigue:

12 signos zodiacales.

36 decanos.

360 grados.

Para recordar más fácilmente el orden de sucesión de los signos del zodíaco, ha propuesto Papus emplear cuatro palabras formadas por las sílabas iniciales del grupo de tres: Artaugé, Canlevir, Liscorsag, Capracupis.

Según la teoría de los cuatro elementos de los antiguos, los signos del zodíaco se dividen en signos de fuego, signos de tierra, signos de aire y signos de agua, formando las cuatro «triplicidades» que es conveniente conocer:

1)      Triplicidad del fuego: Aries, Leo, Sagitario.

2)      Triplicidad de la tierra: Tauro, Virgo, Capricornio.

3)      Triplicidad del aire: Géminis, Libra, Acuario.

4)      Triplicidad del agua: Cáncer, Escorpión, Piscis.

Desde el punto de vista físico, los signos del fuego confieren fuerza y poder; los signos de tierra, paciencia y resistencia; los signos de aire, agilidad y movimiento; los signos de agua, pasividad, inercia.

Desde el punto de vista psicológico, los signos de fuego dan vigor, energía, gusto de la acción y de la expansión. Desde un punto de vista maléfico, favorecen la violencia.  Los signos de tierra aportan constancia, estabilidad, sentido práctico; en sentido maléfico, terquedad, obstinación. Los signos de aire anuncian flexibilidad, adaptabilidad e inteligencia, pero también tendencia a la dispersión de los esfuerzos. Los signos de agua confieren receptividad, memoria y sensibilidad.

Desde el punto de vista del destino, los signos de fuego dan aptitud para la lucha y los esfuerzos violentos (aunque no siempre sostenidos); los signos de tierra favorecen la capacidad de adquirir; la estabilidad y la duración; los signos de aire manifiestan cambio e inestabilidad; los signos de agua presagian probables fluctuaciones de hechos exteriores.

Los signos del zodíaco se dividen también en grupos de cuatro en la forma siguiente:

Móviles: Aries, Cáncer, Libra, Capricornio.

Fijos: Tauro, Leo, Escorpión, Acuario.

Dobles: Géminis, Virgo, Sagitario, Piscis.

Los signos móviles indican propensión a la acción y los cambios que de ella pueden resultar. Denotan la tendencia del individuo a mejorar su posición gracias a sus esfuerzos personales. Los signos fijos, por el contrario, señalan un cierto gusto por la estabilidad. Son de prever en quienes los presentan escasos cambios, pero si alguno se produce será importante y tal vez signifique una nueva orientación en el destino. Los signos dobles anuncian indecisión, irresolución y tendencia a la repetición de los actos.

Los signos del zodíaco se clasifican también en:

Masculinos: Aries, Géminis, Leo, Libra, Sagitario y Acuario.

Femeninos: Tauro, Cáncer, Virgo, Escorpión, Capricornio y Piscis.

Fértiles: Cáncer, Escorpión y Piscis.

Estériles: Géminis, Leo, Virgo.

Los seis signos restantes no son ni fértiles ni estériles.

Según el sistema propuesto por Labat, los signos masculinos (o diurnos) corresponden a los domicilios diurnos de los siete planetas tradicionales estudiados en astrología antigua. Los signos femeninos (o nocturnos) corresponden a los domicilios nocturnos de esos mismos planetas tradicionales (Sol, Luna, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus, Saturno).

El zodíaco se divide también en 12 partes iguales o casa de 30 grados cada una. Las casas no tienen nombre, sino, simplemente, un número ordinal, que va del I al XII.

En el sistema astrológico expuesto por François Labat, las casas corresponden a los signos zodiacales y se disponen de modo que la Casa I corresponda al signo zodiacal de nacimiento. Las Casas I, IV, VII y X reciben las denominaciones de «casas cardinales», «ángulos» o «puntos cardinales del horóscopo».

Además se llaman:

Casas felices: V, IX y XI

Casas desgraciadas: VI, VIII y XII

Casas personales: I, III y IV

Se llama dueño de una Casa al planeta que tiene su domicilio diurno o nocturno en el signo correspondiente o que se halla en exaltación en él.

 

Esta información ha sido tomada del “MANUAL DE ASTROLOGÍA” de François Labat. En próximas publicaciones compartiré detalles acerca del sistema astrológico propuesto por él, además de observaciones mías al respecto. Si te interesa saber lo que hay más allá de lo que has conocido hasta ahora, sigue la pista a través de este blog.

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Maria Florinda Loreto Yoris.

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lunes, 13 de junio de 2022

ASTROLOGÍA ANTIGUA: Astrología Científica vs Astrología Espiritual. Indicaciones para el lector.

 


El método de Astrología propuesto por François Labat sorprenderá probablemente a muchos, sobre todo entre los adeptos de la astrología «científica». Los que siguen los métodos de la astrología «científica» han erigido como dogma el principio de que el destino de los humanos depende de la posición astronómica de los planetas en el cielo, como también de la combinación de las influencias astrales resultantes de estas posiciones.

No sabemos todavía de qué naturaleza son ni cómo están constituidas estas radiaciones astrales ni tan sólo si existen en realidad. Suponiendo que sean reales, cabría preguntarse cómo es posible que las influencias ejercidas por el Sol y por la Luna no anulen a todas las demás en vista de su proximidad a nosotros y de su gran masa aparente.

También podemos preguntarnos por qué misteriosas razones no les ha sido posible a los innumerables investigadores de todo el mundo formular, a partir de los datos astronómicos exactos que tienen a su disposición, reglas precisas, de segura interpretación, que todos pudieran comprobar por sí mismos. Igualmente debe tomarse en consideración el fracaso de los intentos de comprobación estadística, a pesar de los buenos resultados que da ésta en otras ramas de la actividad humana.

Estas y otras muchas objeciones incitaron a François Labat  a dirigir las investigaciones en otra dirección. Efectivamente, la tradición nos enseña que los antiguos conocían una ciencia astrológica exacta, que era de esencia espiritual, mas no material.

Según la antigua ciencia astrológica, el Tiempo se gobierna por «genios» planetarios y «genios» zodiacales, según períodos horarios, diarios, mensuales y anuales. Estos períodos o «ciclos» se continúan e interpenetran desde el nacimiento hasta la muerte, siempre en el mismo orden inmutable.

En la interpretación que hace Labat de esta antigua astrología, piensa que se cometería un error si se considerara que estos ciclos son de orden cósmico, es decir, constituyen una especie de marco o engranaje que existe fuera del individuo y en el que queda inscrito el recién nacido en el preciso instante de su nacimiento. Este concepto le parece a Labat contrario a la ley de analogía. Efectivamente, nos enseña la experiencia que ciertas personas consiguen éxitos resonantes en el mismo momento en que otras son duramente castigadas. Esta observación le hizo llegar a la conclusión de que, en un instante dado, las influencias puestas en acción son completamente distintas de una a otra persona. Por otra parte, se admite universalmente que el Sol, principio masculino y activo, es el signo indicador del hombre, mientras que la Luna, principio femenino y pasivo, es el signo indicador de la mujer.

El sistema astrológico propuesto por François Labat, utiliza elementos distintos, según que el tema sea masculino o femenino y da en un tratado la verdadera clave del número 22.

En su manual de astrología, Labat pide al lector que renuncie, siquiera momentáneamente, a todos los principios y todas las teorías que le han guiado hasta ahora en el estudio de la astrología. Nos pide que emprendamos el estudio de su método sin prejuicios y sin ideas preconcebidas; que lo experimentemos siguiendo las reglas que allí formula y reservemos nuestra opinión hasta haberlo experimentado en medida suficiente. Sólo entonces estaremos en situación de poder decidir con pleno conocimiento de causa sobre la cuestión de si su sistema es o no superior a los que ya conocemos.

 

Esta información ha sido tomada del “MANUAL DE ASTROLOGÍA” de François Labat. En próximas publicaciones compartiré detalles acerca del sistema astrológico propuesto por él, además de observaciones mías al respecto. Si te interesa saber lo que hay más allá de lo que has conocido hasta ahora, sigue la pista a través de este blog.

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viernes, 10 de junio de 2022

ASTROLOGÍA ANTIGUA: Patria, falta de patria. Ideal de libertad.

 



La realización de la libertad es al mismo tiempo la tarea más maravillosa y más difícil. Schiller dijo: «Vecinas son las ideas, pero en el espacio chocan las realidades». La conciencia actual del hombre no sólo puede haberse extendido imperiosamente en su supervisión  del mundo y de los procesos en él, sino puede haber ganado también en profundidad por la experiencia vital, la intensidad y el autoconocimiento.

Pero en cuanto empezamos a actuar nos vemos en un determinado lugar del mundo, en una determinada relación frente a nosotros mismos, las personas y cosas que nos rodean, que puede ser del tipo más diverso.

De ello resultan las condiciones y fronteras que provienen del propio interior y del ambiente. Como actuantes estamos, cada uno a su manera, ligados. Tampoco se puede decir que siempre podemos ser libres en el marco de estas ligaduras. Esto es un ideal; pero quien profundice lo suficiente en sí mismo se confesará que a ratos se acerca a este ideal y que a veces se aleja. Aquí están los límites de nuestra libertad, que cada uno ha de intentar ampliar según sus fuerzas.

Porque existen estos límites es comprensible que nace en el hombre la necesidad de bajar la vista sobre si mismo desde un plano más elevado. Desea mirar hacia las condiciones «objetivas», cósmicas, que lo han conformado. Gracias a estas miradas podría revelársele conocimientos que iluminen de modo clarificado situaciones y vivencias que ciertamente se interrogaron intensivamente, pero que se cerraron a las preguntas formuladas.

Todavía se añade algo más. Después de ir diluyéndose desde hace siglos la sencilla capacidad del poder-creer religioso, después de que la ciencia no ha podido explicar aún nada en puntos decisivos acerca de la esencia del hombre, de su de dónde y a dónde, les sobreviene a los hombres actuales, en gran número, el sentimiento de la falta de una patria última.

En la mayoría de las personas apartadas de su confesión vive la imagen más o menos viva de una teoría de Kant-Laplace desarrollada: la Tierra, un grano de polvo en el Universo; sobre ella, el fenómeno más o menos fortuito o casual de una humanidad. La Tierra, girando alrededor del Sol, un día se enfriará con él, después se helará. A ellos se unen modernamente las imaginaciones de todo aquello que algún día se producirá gracias a la energía atómica. Circulan pensamientos acerca del peligro de una desintegración de la Tierra, y ya son hoy muy numerosos aquellos que dicen: Más vale esto que un camino humano que, de catástrofe en catástrofe, a través de los siglos tampoco no es más que una destrucción. Ciertamente existen también personas que, frente a la imagen universal física, aceptan la causa última, llamada también Dios, pero que en vista de las distancias en infinidades calculadas superficialmente se diluye en una lejanía tal, que ya no es posible sentirla o vivirla esencialmente

Dentro de nosotros no hay ningún camino que conduzca de necesidades astronómico-matemáticas a la «ley moral». Nos hemos hecho demasiado pequeños en este Universo, demasiado triviales, para querer molestar a «Dios» por causa de asuntos humanos.

Frente a esta situación espiritual en el vacío, que tiene como consecuencia el sentir amoral y el querer nihilista, carece de importancia el que algunos hombres lleguen por medio de observaciones astrológicas al convencimiento de que su existencia no es fortuita, sino que en su nacer y actuar, en sus sufrimientos y realizaciones se oculta un plan. En resumen: que ha sido «querida» por algo. Si puede demostrarse que existe una relación entre la constelación y el movimiento estelar por un lado, y la esencia y el destino humano por otro, puede unirse a ello el sentimiento (al principio muy general) de tener una patria en algún lugar del cosmos. Donde no se ate a ello, en una concepción errónea, la idea del simple «hado», puede convertirse en una fuerza impulsora.

Esta fuerza impulsora surge en su mayor parte por el hecho de que el lenguaje de las estrellas. Si se ha aprendido a leerlo y demuestra ser convincente, es un lenguaje de sucesos. Aunque no se quiera afirmar aquí que no existe ninguna sabiduría ni verdad de la palabra, sí debe comprenderse que la infinita multiplicidad de ideas contenida en la masa de libros de una biblioteca es capaz de desesperar no sólo a espíritus y corazones débiles

Cansado de los libros, cansado de las palabras,

Que me secaron, marchitaron la voluntad,

Busco en el fondo de mi autoconciencia

La acción que salva, la acción que libera.

Estos cuatro versos de Emile Verhaeren se dirigen a algo diferente de lo expuesto aquí, pero los dos primeros comunican el estado de un hombre que se contó entre los importantes. Aquel que no se «fije» pronto espiritualmente, aquel que, por el contrario, busca la verdad cada vez más allá y deja actuar sobre sí el contenido de verdad de cada convencimiento profundamente cimentado, puede pasarlo muy mal. Se siente como en una sala de conferencias en que una docena de oradores hablan a la vez, hallando aprobación y desaprobación. Llegará a la decisión: tienes que salir de aquí.

Acaso salga entonces bajo el claro cielo nocturno, desde el cual lucen con soberana placidez las estrellas, y pueda tomar aliento. Este cuadro no quiere sugestionar. Sólo intenta explicar la necesidad de una visión situada más alláde la cantidad de opinionesacaso muy bien fundamentadas, pero que a causa de unilateralidades involuntarias o presupuestos inciertos no dejan de ser opiniones.

 

Texto tomado del “MANUAL DE ASTROLOGÍA” de François Labat.

 

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miércoles, 8 de junio de 2022

ASTROLOGÍA ANTIGUA: Existencia preindividual e individual. Libertad.

 


Dirigimos la atención a un hecho de la máxima importancia para una observación astrológica posible de hoy en contraposición a tiempos antiguos. La ciencia histórica de nuestra era dirige su vista, sobre todo, a la historia política, y apenas o nada a la historia espiritual del hombre. Dentro de esta historia de “hechos” se ha dejado casi a un lado que en el transcurso de milenios no ha habido tan sólo un cambio de conciencia en los miembros de las culturas dominantes, sino que toda la constitución esencial del hombre ha sufrido una contracción alrededor de un punto central, el yo humano.

Cuando se afirma que la humanidad no ha sufrido ningún desarrollo, que los hombres antes eran malos  y son malos hoy, acaso incluso más malos que antes, se refiere al lado moral, y se refiere a lo que pesa sobre la humanidad como un oscuro misterio: el del “pecado original”, la pérdida de las ordenaciones divinas.

Algo muy distinto es el desarrollo de la conciencia y la concentración de lo que llamamos nuestro yo. Hoy, el mundo está lleno de hombres de clara marca individual, inteligentes. Pero sabemos que también hay hombres que se sienten impatriados tan fuertemente, por ejemplo en su familia o en su pueblo, que (con gradaciones individuales) sienten como una gran pérdida la desaparición de sus relaciones con la familia, la patria y el pueblo. Lo cual quiere decir que, en cuanto la estirpe de sangre o el pueblo aún sea decisivo para el sentimiento de su existencia, en unas partes de su ser se hallan todavía en el estado preindividual.

Si se retrocede históricamente se puede comprobar que la comunidad de sangre tiene tanta más importancia en la existencia de cada uno, cuanto más lejos se llegue en las distancias del pasado. La misma denominación de Olafson o Méndez indica que uno era considerado como hijo de su padre. Así llegamos a los tiempos en que era decisivo ser el “digno hijo de su padre”. Lo cual significaba que no se calificaba al hombre por lo que era como ser individual, sino por el punto hasta el que llevaba a una nueva representación las cualidades de la herencia. La calificación se orientaba por la fisonomía de un principio de grupo sobreindividual, pero que mantenía a cada uno en una situación preindividual.

En cuanto existen relaciones entre el devenir, la esencia y el destino de los hombres y del mundo de las estrellas, el hombre preindividual (una denominación que se ha de aplicar con gradaciones y matices) se ve acogido por los poderes formativos de la esencia y fatales de modo muy distinto a una personalidad desarrollada que descanse en sí. La frase de Goethe “Debes ser así, no te puedes huir” tiene mucha más validez para aquel que para alguien que busca un objetivo vital a partir de su propia visión y responsabilidad. Tampoco este podrá huir al primer intento, pero se puede educar, formar y transformar a sí mismo. El hombre preindividual, por el contrario, es un grado mucho más naturaleza. En cuanto no lo refrene la ley del grupo implantada, sigue espontáneamente sus impulsos. Como un yo naciente no hace más que llevar a cabo la “voluntad de las estrellas”.

Esto cambia a través de los tiempos, según consiga enfrentarse más y más a sí mismo. Según el grado en que sea capaz de dirigir sus intenciones acciones a través de un punto de control interior, dialogar consigo mismo, refrenar los actos de voluntad apasionados, diluir el miedo por la conciencia, etc., ganará en margen operativo interior. Sus posibilidades de elección se amplían y surge la posibilidad de la tan debatida libertad. En este caso no ha sido pensada como un hecho acabado, que se ha de afirmar o denegar, sino como un proceso del devenir, del que participa cada uno en su interior.

El hombre actual, especialmente en aquellas zonas de la Tierra empapadas de efectos de cultura y civilización, es, por lo tanto, un hombre distinto al de tiempos antiguos, también con referencia a su “natividad”, el gesto del cielo en el momento de su nacimiento. Tiene margen de acción, la libertad se extiende como una posibilidad de transformación ante él.

Si se piensa que en la antigüedad los hombres eran controlados en cuanto a su capacidad para tareas importantes por su horóscopo, que los calificaba o descalificaba, se puede afirmar que una actuación tal sería hoy improcedente, puesto que un horóscopo no comunica nada de lo que un hombre ha hecho en su camino vital dentro de su mayor independencia. Existen posibilidades de variación tanto hacia “arriba” como hacia “abajo”.

 

Texto tomado del “MANUAL DE ASTROLOGÍA” de François Labat.

 

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lunes, 6 de junio de 2022

ASTROLOGÍA ANTIGUA: Datos históricos de interés – segunda parte.

NOSTRADAMUS
Las profecciones de Nostradamus causaron sensación una y
otra vez hasta la actualidad.


Mientras que a nosotros parece no agotársenos la esperanza de alcanzar un día, por medio de un contínuo aumento de nuestro saber, las últimas relaciones universales y vitales, los tiempos antiguos partían siempre del todo, ya fuera la divinidad o los dioses, para desde allí avanzar por entre los detalles. Les era dado realizar ininterrumpidamente aquello que Kant llamó una “aventura de la razón” y que Goethe consideraba haber realizado al ver el mundo vegetal como prolongación de la planta original. Probablemente los antiguos, con su forma de pensar, también habrán sido más felices que nosotros. Forma de pensar no es un término adecuado, pues se mezclaba con ello una visión, una clarividencia, que nosotros no poseemos.

Por ejemplo, la visión de Marte en una determinada relación con Saturno, supongamos la conjunción, además en una determinada constelación, era para ellos un gesto sumamente expresivo del ciclo, que aparecía, como “fuerza” de un determinado tipo, en relación con procesos en la Tierra. Y si se quiere vivir la astrología, ya se deberán aceptar suposiciones tan “osadas”.

El origen de la astrología no se puede documentar con nombres en la lejana época de su surgir, ni tampoco para la edad en que se convirtió en la ciencia real. La persona siempre retrocedía tras la obra, o, mejor dicho, tras el servicio que tenía que realizar. No se trataba de una anonimidad misteriosa o secreta, sino de un asunto natural en aquella época. No nos encontramos con un astrólogo conocido hasta Tolomeo, que vivió en el siglo II d. JC. Es sintomático que al mismo tiempo era astrónomo y geógrafo, pues todo eso iba unido. Pero en su época ya había muerto hacía mucho tiempo la astrología observadora.

Lo que nos transmite Tolomeo, siendo él mismo heredero de herederos, es un utensilio mantenido más o menos puro: explicaciones sobre la esencia y la actuación del Sol y los planetas como tales y a partir de las diferentes regiones del zodíaco, además las reglas para el uso del saber astrológico con todos sus condicionamientos. También, y en gran abundancia, explicaciones sobre la presencia de esencias y causalidades planetarias y zodiacales en materias y seres vivientes hasta el hombre mismo, representando la constitución del cuerpo humano a partir del cosmos. La Tierra en el centro del Universo, el hombre como ser en quien tiene su punto culminante toda la existencia terrena.

La astrología de Tolomeo ha sufrido durante la Edad Media de influencias de la astrología de los árabes, cuya cultura aún nos es en tan gran medida desconocida. En la medida en que se hundía la conciencia observadora (Edgar Daqué) lo llama videncia natural), el manejo metódico sufrió cambios en detalles de cultura en cultura, de pueblo en pueblo, cuyas causas son difíciles aún hoy de documentar. Pero una de las razones queda clara cuando se recuerda que los hombres de pueblos distintos viven sus experiencias de modo distinto.

Durante la Edad Media la astrología, estudiada y practicada en universidades y cortes, degeneró en detalles entre diferentes concepciones, quizá también en concepciones de carácter individual por detalles. Tycho-Brahe, Kepler, Paracelso han de considerarse como figuras que pensaban de forma astrológica, o al menos eran capaces de hacerlo. Después de ellos la astrología moría, a pesar de algunas grandes figuras individuales durante los siglos XVII y XVIII. Después de Colón la vida se ha llenado de unos intereses muy diferentes. Durante el primer tercio del siglo XIX existió todavía una última cátedra de astrología en la universidad de Erlangen. Cuando murió el catedrático Pfaf en 1831, no se volvió a ocupar la cátedra. Lo cual quiere decir que hasta bien entrada la Edad Moderna se reconocía la ciencia de la astrología, aunque al final sólo se la tolerase.

El drama de la revolución espiritual que se ha producido desde el final de la Edad Media se manifiesta también en el pequeño proceso explicado arriba. La última hoja cae del árbol. Entonces comenzaron aquellos desarrollos cada vez más rápidos y apresurados bajo la influencia de las ciencias y la técnica, cuya rapidez provoca catástrofes universales, empieza a disolver la humanidad y bajo cuyos efectos vivimos hoy acobardados, heridos y sin comprender. Volamos a una velocidad vertiginosa.

Si bajo la impresión de tales hechos se ligan cabos a un lejano pasado, es decir, si de un modo “no científico” se intenta comprender de nuevo al hombre a base de lo viejo, ello no debe entenderse “psicológicamente” como un fenómeno de postguerra. Ciertamente no se podría considerar, ni en el caso del mejor desarrollo posible, más que como una aportación a un posible todo más grande de la vida espiritual.

En Inglaterra y Francia volvió a revivir la astrología cuando aún imperaban en su mayor esplendor las ideologías materialistas. Ha sido manejada allí por hombres que, a base de su orientación, dentro de la ciencia moderna, de su intelectualidad y su formación, no se dejaban arrinconar como videntes de feria. En Alemania, Holanda y Suiza se les ha imitado de forma que en una exposición individual se renunciaba cada vez más a ámbitos de explicación situados más allá de la esencia humana. Si alguien menciona lo que los astrólogos antiguos comunicaban respecto a los minerales, metales, plantas, animales y regiones de la Tierra, se ha de considerar hoy como la reproducción incontrolada de lo que otro ha dicho. La astrología debería construirse de nuevo en el futuro, comenzando por sus principios.

A partir de este punto de vista sería interesante no considerar nunca la astrología como algo concluido.

 

Texto tomado del “MANUAL DE ASTROLOGÍA” de François Labat.

 

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viernes, 3 de junio de 2022

ASTROLOGÍA ANTIGUA: Datos históricos de interés – primera parte.

 


Aquella cultura de adivinos astrales  de la antigüedad, a la que intenta suceder la reavivada astrología, ha florecido en regiones, como Babilonia, en las que reina bajo un cielo muy claro, una profunda claridad. Sobre esta oscuridad luce y refulge el firmamento como una increíble joya de diamantes.

Las estrellas están presentes con mucha mayor intensidad que en nuestras tierras. Este solo hecho podría explicar por qué los hombres en aquel entonces han participado mucho más que nosotros de los procesos y transformaciones del cielo. Pero el salto ideológico, de que aquellos hombres, interesados en las estrellas y con aptitudes matemáticas, hubiesen avanzado, como nosotros, de observación individual en observación individual, para quizás al cabo de varios siglos estudiar y aprovechar estadísticamente el material acumulado, para entonces atribuir a las estrellas unas determinadas causalidades, no es tan natural.

La conciencia humana de entonces no estaba dispuesta para la recolección fría de detalles que más tarde se hubiesen podido reunir metódicamente para acaso conducir a conclusiones generales. No se puede proyectar lo adecuado a nuestros tiempos en la lejana historia. Si se abre un atlas estelar y se leen los nombres de constelaciones, también de estrellas individuales, se hallan nombres de la mitología griega que nos han sido transmitidos. Pero toda mitología es síntoma de una conciencia que razona más con imágenes que con conceptos. Su “lógica” es de procesos que se describen y que, como vivencias de los dioses que se relacionan con los destinos humanos, tienen sentido, un profundo sentido, también misterioso.

Es decir que se traspusieron al cielo imágenes míticas, y aun cuando eso ya fuera un lenguaje “exotérico”, un lenguaje para el pueblo, no deja de conducir nuestras preguntas por el origen de la astrología en una dirección muy diferente. Si nosotros comenzáramos hoy a dedicarnos a la astronomía, seguramente numeraríamos las estrellas, después de efectuada una división espacial. Debemos tener presente este contraste. Si alguna vez tuvo algo de veraz la astrología antigua, es porque los astrólogos, en su época de florecimiento, no consideraban la estrella tan sólo como un punto luminoso (de la magnitud que fuera), no conocían tan solo su órbita, sino que “veían” más.

En cuanto ponían su atención en ellas, se animaba algo en ellos, sentido en todos sus miembros, que correspondía a la esencia de la estrella. Allí donde solo nosotros aprehendemos algo cuantitativo, ellos se sabían en relación con algo esencial. Para comprenderlo nos puede ayudar algo el concepto del instinto, pero que no actuaba dirigido sólo a la tierra, en su degeneración actual, sino en toda su amplitud, existente también para la sensibilidad espiritual.

Entender o representarse así será extremadamente difícil en la actualidad, puesto que el desarrollo del consciente nos ha convertido en primer lugar en antípodas de las posibilidades de conocimiento de las culturas antiguas. Mas se deberá pensar que las épocas humanas anteriores no eran sólo más o menos primitivas, comparadas con nosotros. En muchos otros aspectos somos nosotros los primitivos respecto a ellos.

Por medio de una cierta agilidad interior no nos será imposible imaginar al menos que los hombres de otras épocas eran capaces de cosas muy distintas, y sobre todo de muy distinto modo. Lo indican muchos logros, por ejemplo de los egipcios que, según nuestra idiosincrasia actual, no somos capaces de imitar.


Texto tomado del “MANUAL DE ASTROLOGÍA” de François Labat,

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miércoles, 1 de junio de 2022

EL CAMINO DE LA ASTRONOMÍA Y EL CAMINO DE LA ASTROLOGÍA

 


Se debería aceptar como natural el que los astrónomos actuales son absolutamente extraños a la astrología, y que incluso la rechazan de plano. Pues ellos están dentro de aquel desarrollo científico que, desde Copérnico, debía ver los procesos en el espacio bajo unos puntos de vista que se apartaban completamente de la astrología como una cuestión que envejecía paulatinamente. No solo que la Tierra había dejado de ser el punto central del mundo, que unos telescopios cada vez más potentes hacían visibles nuevas cantidades de estrellas y que las distancias calculadas derrotan cualquier imaginación sensible.

 Probablemente pertenecerá a la esencia de la astronomía que busque una contínua expansión de su campo de visión, en la esperanza de que gracias a una supervisión cada vez mayor, pueda alcanzar el punto clave del acaecer en el universo por encima de los hechos, leyes y relaciones. Su expansión transcurre por el plano de lo matemático-físico y lo cuantitativo.

Quien quiera ponerse en relación con la astrología, que trabaje con cualidades, debería observar y conocer también las estrellas, aunque basta que lo haga sin telescopio. No debería profundizar, por lo tanto, unilateralmente en libros de texto, tablas de estrellas y dibujos esquemáticos de horóscopos, sino también observar y distinguir qué constelaciones están en su auge durante la navidad, y cómo cambian sus posiciones de salida y puesta a medida que avanza la primavera; cómo el cielo de verano está relativamente vacío. Debería saber reconocer, además de la Osa Mayor, la estrella Polar y la característica imagen de Orión, las constelaciones que, juntas, forman el zodíaco. Es decir, aquella zona que es recorrida en el transcurso de un año por la eclíptica, la trayectoria aparente del sol.

Podría aclararse en la observación algunos otros datos astronómicos, como se hallan en los libros de texto astrológicos. Así, por ejemplo, cómo la Luna no es puntual en su órbita diaria, cómo no “baja” del todo, sino que cada día retrasa tanto que al cabo de 27 días ha recorrido a la inversa, a pesar de su movimiento hacia adelante, todos los signos del zodíaco. Cuantas más cosas, también en cuanto a los planetas, se conozcan al natural, tanto mejor.

Por propio interés observamos diariamente el Sol, porque con su luz y su calor atañe notablemente nuestra existencia. Muchos no echarían de menos la Luna, pero sí “debe existir” , pues las mareas están relacionadas con ella, según nos han enseñado; y parece que también tiene algo que ver con el tiempo, aun cuando la ciencia diga que no y se encoja de hombros. Pero ¿tenemos la suficiente conciencia de que las estrellas giran por encima nuestro tanto de día como de noche? A veces, pero muy pocas, pensamos en ellas, cuando durante el crepúsculo empiezan a aparecer o desaparecer. Valdría la pena pensar que el Sol también tiene de día a su alrededor las estrellas de una determinada constelación o está situado entre dos de ellas. Que uno o varios planetas se mueven en sus cercanías o describen su camino por debajo del horizonte.

Ininterrumpidamente tienen lugar salidas, culminaciones y puestas; al mismo tiempo se cruzan nadires por debajo del horizonte. Las constelaciones cercanas al polo siempre permanecen (en nuestras latitudes) dentro de un ámbito visible, otras nunca pueden ser vistas en la mitad norte del globo. Si se resume este cuadro se comprueba que la Tierra (en cuanto que gira y se inclina o separa más o menos de la radiación solar con referencia a los polos durante el transcurso de las estaciones) es rozada rítmicamente de modo ininterrumpido por los débiles efectos luminosos de las estrellas. Rítmicamente en el sentido de las estaciones que nacen y pasan.

Todas las salidas tienen lugar, con ligeras variaciones, en el este. ¿Hay alguien que haya negado eso? No, pero saliendo de nuestra costumbre puede resultar un hecho importante que el este no es sólo “a la derecha”  en el mapa, sino que es la dirección de la que nos llegan todas las luces, la dirección por la que se introducen en nuestro horizonte. El este es la dirección de los “nacimientos”, por así decir, y los hombres que aún vivían ligados a los fenómenos miraban con atención a cada una de las direcciones como dotada de un carácter especial.

Todas las culminaciones tienen lugar en el sur. Ello quiere decir que el sur, el mediodía, es la dirección del máximo desarrollo, como se comprueba inmediatamente con la luz del Sol. Señala el punto dominante al que tienden especialmente las estrellas sobre la eclíptica o en sus cercanías después de su salida. El alcanzar el punto culminante es como alcanzar el “cenit de la carrera” en la vida de un hombre.

En el oeste, donde tienen lugar las puestas, decae la fuerza de iluminación. El Sol, la Luna y las estrellas se han “cansado” por esta vez: se ponen. Esto significa una especie de muerte, un descenso al mundo interior, por debajo del horizonte. Ciertamente sabemos que en el mismo instante el Sol, la Luna y las estrellas  salen en algún otro lugar del mundo, pero puede ser conveniente permanecer por una vez en un consciente “prejuicio subjetivo” para seguir la idea de si, aparte de todas las objetividades, no son un lenguaje con contenidos de verdad las visiones del mundo tal como se originan y cambian subjetivamente para el hombre. No sólo verdades comparativas, sino también esenciales, que no hacemos más que pasar por alto. El nadir de todas las estrellas, su “posición de medianoche”, lo vivimos nosotros como una ausencia, y suponemos un reposo en otro reino, el paso por un profundo silencio, del que reaparecen “rejuvenecidas” en el horizonte al cabo de un tiempo dado.

La vida se refleja en el curso de las estrellas. Todo lo que deviene en el mundo dentro de la vida orgánica, e incluso una parte de los procesos inorgánicos, está ordenado rítmica  y cíclicamente: flujo y reflujo, viento y tiempo, nacimiento, ascenso, cenit, descensos, muerte y retorno en la planta, el animal y el hombre.

Los hábitos sensitivos son desfavorables para aquel que quiere integrar en sí, de un modo vivo, la astrología. Es cierto que continuamos observando con una imprecisa participación el acontecimiento de la salida y la puesta del  Sol, la Luna ascendente en su callada grandeza, su apagado brillo. Pero estas observaciones se han de reforzar, ampliar y extender al mayor número de acontecimientos visibles en el cielo, a fin de que no introduzcamos en nuestro consciente, por medio de libros de texto, algo apartado del devenir universal.

Texto tomado del “MANUAL DE ASTROLOGÍA” de François Labat, como introducción a la Astrología Antigua, cuyas claves nos conducen a los secretos ocultos tras la información que aportan los planetas, y que no nos la explica la astrología moderna, tal y como la conocemos hoy en día.

Maria Florinda Loreto Yoris.

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