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lunes, 6 de junio de 2022

ASTROLOGÍA ANTIGUA: Datos históricos de interés – segunda parte.

NOSTRADAMUS
Las profecciones de Nostradamus causaron sensación una y
otra vez hasta la actualidad.


Mientras que a nosotros parece no agotársenos la esperanza de alcanzar un día, por medio de un contínuo aumento de nuestro saber, las últimas relaciones universales y vitales, los tiempos antiguos partían siempre del todo, ya fuera la divinidad o los dioses, para desde allí avanzar por entre los detalles. Les era dado realizar ininterrumpidamente aquello que Kant llamó una “aventura de la razón” y que Goethe consideraba haber realizado al ver el mundo vegetal como prolongación de la planta original. Probablemente los antiguos, con su forma de pensar, también habrán sido más felices que nosotros. Forma de pensar no es un término adecuado, pues se mezclaba con ello una visión, una clarividencia, que nosotros no poseemos.

Por ejemplo, la visión de Marte en una determinada relación con Saturno, supongamos la conjunción, además en una determinada constelación, era para ellos un gesto sumamente expresivo del ciclo, que aparecía, como “fuerza” de un determinado tipo, en relación con procesos en la Tierra. Y si se quiere vivir la astrología, ya se deberán aceptar suposiciones tan “osadas”.

El origen de la astrología no se puede documentar con nombres en la lejana época de su surgir, ni tampoco para la edad en que se convirtió en la ciencia real. La persona siempre retrocedía tras la obra, o, mejor dicho, tras el servicio que tenía que realizar. No se trataba de una anonimidad misteriosa o secreta, sino de un asunto natural en aquella época. No nos encontramos con un astrólogo conocido hasta Tolomeo, que vivió en el siglo II d. JC. Es sintomático que al mismo tiempo era astrónomo y geógrafo, pues todo eso iba unido. Pero en su época ya había muerto hacía mucho tiempo la astrología observadora.

Lo que nos transmite Tolomeo, siendo él mismo heredero de herederos, es un utensilio mantenido más o menos puro: explicaciones sobre la esencia y la actuación del Sol y los planetas como tales y a partir de las diferentes regiones del zodíaco, además las reglas para el uso del saber astrológico con todos sus condicionamientos. También, y en gran abundancia, explicaciones sobre la presencia de esencias y causalidades planetarias y zodiacales en materias y seres vivientes hasta el hombre mismo, representando la constitución del cuerpo humano a partir del cosmos. La Tierra en el centro del Universo, el hombre como ser en quien tiene su punto culminante toda la existencia terrena.

La astrología de Tolomeo ha sufrido durante la Edad Media de influencias de la astrología de los árabes, cuya cultura aún nos es en tan gran medida desconocida. En la medida en que se hundía la conciencia observadora (Edgar Daqué) lo llama videncia natural), el manejo metódico sufrió cambios en detalles de cultura en cultura, de pueblo en pueblo, cuyas causas son difíciles aún hoy de documentar. Pero una de las razones queda clara cuando se recuerda que los hombres de pueblos distintos viven sus experiencias de modo distinto.

Durante la Edad Media la astrología, estudiada y practicada en universidades y cortes, degeneró en detalles entre diferentes concepciones, quizá también en concepciones de carácter individual por detalles. Tycho-Brahe, Kepler, Paracelso han de considerarse como figuras que pensaban de forma astrológica, o al menos eran capaces de hacerlo. Después de ellos la astrología moría, a pesar de algunas grandes figuras individuales durante los siglos XVII y XVIII. Después de Colón la vida se ha llenado de unos intereses muy diferentes. Durante el primer tercio del siglo XIX existió todavía una última cátedra de astrología en la universidad de Erlangen. Cuando murió el catedrático Pfaf en 1831, no se volvió a ocupar la cátedra. Lo cual quiere decir que hasta bien entrada la Edad Moderna se reconocía la ciencia de la astrología, aunque al final sólo se la tolerase.

El drama de la revolución espiritual que se ha producido desde el final de la Edad Media se manifiesta también en el pequeño proceso explicado arriba. La última hoja cae del árbol. Entonces comenzaron aquellos desarrollos cada vez más rápidos y apresurados bajo la influencia de las ciencias y la técnica, cuya rapidez provoca catástrofes universales, empieza a disolver la humanidad y bajo cuyos efectos vivimos hoy acobardados, heridos y sin comprender. Volamos a una velocidad vertiginosa.

Si bajo la impresión de tales hechos se ligan cabos a un lejano pasado, es decir, si de un modo “no científico” se intenta comprender de nuevo al hombre a base de lo viejo, ello no debe entenderse “psicológicamente” como un fenómeno de postguerra. Ciertamente no se podría considerar, ni en el caso del mejor desarrollo posible, más que como una aportación a un posible todo más grande de la vida espiritual.

En Inglaterra y Francia volvió a revivir la astrología cuando aún imperaban en su mayor esplendor las ideologías materialistas. Ha sido manejada allí por hombres que, a base de su orientación, dentro de la ciencia moderna, de su intelectualidad y su formación, no se dejaban arrinconar como videntes de feria. En Alemania, Holanda y Suiza se les ha imitado de forma que en una exposición individual se renunciaba cada vez más a ámbitos de explicación situados más allá de la esencia humana. Si alguien menciona lo que los astrólogos antiguos comunicaban respecto a los minerales, metales, plantas, animales y regiones de la Tierra, se ha de considerar hoy como la reproducción incontrolada de lo que otro ha dicho. La astrología debería construirse de nuevo en el futuro, comenzando por sus principios.

A partir de este punto de vista sería interesante no considerar nunca la astrología como algo concluido.

 

Texto tomado del “MANUAL DE ASTROLOGÍA” de François Labat.

 

Maria Florinda Loreto Yoris.

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viernes, 3 de junio de 2022

ASTROLOGÍA ANTIGUA: Datos históricos de interés – primera parte.

 


Aquella cultura de adivinos astrales  de la antigüedad, a la que intenta suceder la reavivada astrología, ha florecido en regiones, como Babilonia, en las que reina bajo un cielo muy claro, una profunda claridad. Sobre esta oscuridad luce y refulge el firmamento como una increíble joya de diamantes.

Las estrellas están presentes con mucha mayor intensidad que en nuestras tierras. Este solo hecho podría explicar por qué los hombres en aquel entonces han participado mucho más que nosotros de los procesos y transformaciones del cielo. Pero el salto ideológico, de que aquellos hombres, interesados en las estrellas y con aptitudes matemáticas, hubiesen avanzado, como nosotros, de observación individual en observación individual, para quizás al cabo de varios siglos estudiar y aprovechar estadísticamente el material acumulado, para entonces atribuir a las estrellas unas determinadas causalidades, no es tan natural.

La conciencia humana de entonces no estaba dispuesta para la recolección fría de detalles que más tarde se hubiesen podido reunir metódicamente para acaso conducir a conclusiones generales. No se puede proyectar lo adecuado a nuestros tiempos en la lejana historia. Si se abre un atlas estelar y se leen los nombres de constelaciones, también de estrellas individuales, se hallan nombres de la mitología griega que nos han sido transmitidos. Pero toda mitología es síntoma de una conciencia que razona más con imágenes que con conceptos. Su “lógica” es de procesos que se describen y que, como vivencias de los dioses que se relacionan con los destinos humanos, tienen sentido, un profundo sentido, también misterioso.

Es decir que se traspusieron al cielo imágenes míticas, y aun cuando eso ya fuera un lenguaje “exotérico”, un lenguaje para el pueblo, no deja de conducir nuestras preguntas por el origen de la astrología en una dirección muy diferente. Si nosotros comenzáramos hoy a dedicarnos a la astronomía, seguramente numeraríamos las estrellas, después de efectuada una división espacial. Debemos tener presente este contraste. Si alguna vez tuvo algo de veraz la astrología antigua, es porque los astrólogos, en su época de florecimiento, no consideraban la estrella tan sólo como un punto luminoso (de la magnitud que fuera), no conocían tan solo su órbita, sino que “veían” más.

En cuanto ponían su atención en ellas, se animaba algo en ellos, sentido en todos sus miembros, que correspondía a la esencia de la estrella. Allí donde solo nosotros aprehendemos algo cuantitativo, ellos se sabían en relación con algo esencial. Para comprenderlo nos puede ayudar algo el concepto del instinto, pero que no actuaba dirigido sólo a la tierra, en su degeneración actual, sino en toda su amplitud, existente también para la sensibilidad espiritual.

Entender o representarse así será extremadamente difícil en la actualidad, puesto que el desarrollo del consciente nos ha convertido en primer lugar en antípodas de las posibilidades de conocimiento de las culturas antiguas. Mas se deberá pensar que las épocas humanas anteriores no eran sólo más o menos primitivas, comparadas con nosotros. En muchos otros aspectos somos nosotros los primitivos respecto a ellos.

Por medio de una cierta agilidad interior no nos será imposible imaginar al menos que los hombres de otras épocas eran capaces de cosas muy distintas, y sobre todo de muy distinto modo. Lo indican muchos logros, por ejemplo de los egipcios que, según nuestra idiosincrasia actual, no somos capaces de imitar.


Texto tomado del “MANUAL DE ASTROLOGÍA” de François Labat,

Maria Florinda Loreto Yoris.

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